Hay un momento en la vida de casi cualquier autónomo en el que la pregunta aparece sola. A veces la duda la planta un cliente que solo trabaja con sociedades o un socio que quiere entrar contigo. Y a veces la plantas tú, comparando tu factura fiscal con la de un conocido que tiene una sociedad limitada facturando lo mismo.
La respuesta es que no existe una cifra mágica igual para todos en que sea más rentable dejar de ser autónomo para pasar a ser empresa, pero sí hay un punto de inflexión bastante identificable que depende de tres cosas: cuánto beneficio real dejas al año, cuánto de ese beneficio necesitas sacar de la empresa para vivir y cuánto riesgo estás asumiendo con tu patrimonio personal. Vamos a verlo.
Un autónomo y una sociedad no pagan lo mismo
Como autónomo, tu beneficio entra en tu IRPF y sube por una escala progresiva: cada tramo nuevo paga más que el anterior. Los primeros 12.450 € tributan al 19%, hasta 20.200 € al 24%, hasta 35.200 € al 30%, hasta 60.000 € al 37% y a partir de ahí al 45%.
La sociedad paga el Impuesto sobre Sociedades con un tipo fijo, que no crece porque ganes más, el general es el 25%, las empresas de nueva creación tributan al 15% en el primer ejercicio con beneficio y en el siguiente, y las microempresas (menos de un millón de euros de facturación) tienen una escala reducida propia, hoy en el 19% para los primeros 50.000€ de beneficio y el 2 % para el resto.
Por tanto, con beneficios modestos gana el autónomo, porque sus primeros tramos son baratísimos y no arrastra costes de estructura. Cuando el beneficio crece, el tipo fijo se vuelve atractivo.
A partir de qué beneficio compensa el cambio
La cifra que se repite es que a partir de unos 40.000-50.000€ de beneficio anual la sociedad empieza a interesar. Este dato no es arbitrario, por debajo de 35.200€ tu último euro tributa al 30%, un tipo que la sociedad difícilmente mejora una vez sumas sus costes. A partir de 60.000€ ese último euro te cuesta el 45%, más del doble de lo que pagaría una microempresa. Pero el umbral se mueve mucho según una variable que casi nadie tiene en cuenta al principio: cuánto beneficio te llevas a casa y cuánto se queda dentro.
Si reinviertes el beneficio en el negocio
Aquí el ahorro es evidente. Con un beneficio de 80.000€, como autónomo pagarías del orden de 27.000€ de IRPF (algo menos aplicando mínimo personal y reducciones), y ese dinero sale de tu bolsillo aunque no lo hayas tocado. La misma cifra dentro de una microempresa deja unos 15.800€ de impuesto de sociedades. La diferencia, más de 11.000€ al año, se queda en caja para comprar maquinaria, contratar o aguantar un trimestre flojo. La sociedad funciona como una hucha con tapa fiscal, mientras el beneficio no salga, solo ha pasado una vez por Hacienda. El autónomo no tiene esa figura, porque él y su negocio son la misma persona, como explicamos al hablar de las diferencias entre persona física y persona jurídica.
Si necesitas llevarte todo el beneficio a casa
Entonces la ventaja se estrecha. Sacar dinero como dividendo implica una segunda pasada por Hacienda: tributa en tu base del ahorro al 19% hasta 6.000€, al 21 % hasta 50.000€ y al 23% hasta 200.000€. Sumando las dos capas, vaciar el beneficio cuesta en conjunto un 34-36% con tipos de microempresa y más del 39% con el tipo general. Frente a un IRPF del 30% o el 37%, la diferencia deja de ser clara.
La fórmula que funciona es intermedia: te asignas una nómina razonable como administrador o trabajador de tu propia empresa (gasto deducible para la sociedad, sueldo normal en tu IRPF), dejas el resto dentro y repartes dividendos solo cuando de verdad los necesitas. Esa doble palanca es, en la práctica, la mayor ventaja de tener sociedad.
Los costes nuevos que aparecen al crear la sociedad
Una sociedad es una estructura, y las estructuras cuestan dinero todos los meses. En el arranque necesitas certificación negativa de denominación social, escritura ante notario, estatutos, objeto social, alta censal e inscripción en el Registro Mercantil: en Enley lo hacemos todo por 199€ más gastos de notario y Registro.
El capital social puede ser de 1€ desde la Ley Crea y Crece. Lo que pesa de verdad es el coste recurrente. Una sociedad lleva contabilidad por partida doble, legaliza libros, presenta el Impuesto sobre Sociedades, deposita cuentas anuales cada año con multas si no lo hace, y necesita certificado digital de empresa y una gestoría fiscal y laboral que sostenga todo eso. Además, su administrador no deja de cotizar: si tienes el control efectivo seguirás en el RETA como autónomo societario, con una base mínima de cotización superior a la del tramo más bajo del sistema de ingresos reales, así que tu cuota mensual probablemente suba. Cuenta con entre 1.500 y 2.500€ anuales de coste estructural que antes no tenías: ese es el peaje que el ahorro fiscal tiene que superar, y es la razón por la que con 25.000 o 30.000€ de beneficio la sociedad casi nunca sale a cuenta.
¿Y si el motivo para dar el salto no es fiscal?
Muchas veces no lo es, y son los casos en los que la decisión está más clara. El primero es el riesgo: un autónomo responde de las deudas de su actividad con todo su patrimonio presente y futuro, sin separación entre lo del negocio y lo de casa, mientras la sociedad limita esa responsabilidad al capital aportado, salvo en deudas con Hacienda y Seguridad Social y cuando el administrador incumple sus obligaciones legales. Si tu actividad implica stock, obra, personal o contratos con penalizaciones, esa barrera vale más que cualquier ahorro de IRPF.
El segundo es la entrada de socios: un negocio de autónomo no se puede repartir, y las participaciones sí, además de permitir pactar por escrito quién decide qué y qué pasa si alguien se va. Y una duda que nos llega mucho: sí, puedes ser socio de una sociedad y seguir de alta como autónomo por otra actividad distinta al mismo tiempo. El tercero es la proyección: hay clientes grandes, licitaciones y aseguradoras que no contratan con personas físicas, inversores que solo entran en capital y certificaciones como la de empresa emergente que exigen forma societaria.
Cuándo es mejor esperar para cambiar
Hay tres situaciones en las que solemos recomendar no moverse todavía. La primera es el beneficio irregular: si un año dejas 55.000€ y el siguiente 20.000€, la estructura cuesta lo mismo en los dos y solo compensa en uno. La segunda afecta a profesionales cuyo trabajo es puramente personal, como abogados, médicos o consultores que facturan por su propio esfuerzo: meter esa actividad en una sociedad para que tribute al 19 % es terreno vigilado, porque Hacienda exige que la sociedad te retribuya a valor de mercado según las reglas de operaciones vinculadas, y si el beneficio viene de ti, la mayor parte tiene que salir hacia tu IRPF. El ahorro se desvanece y el riesgo de comprobación sube.
La tercera es más prosaica: no crees una sociedad que no vas a usar. Una sociedad inactiva sigue obligada a presentar impuestos y depositar cuentas, y reactivarla o mantenerla cuesta tiempo y dinero, y cerrarla bien tampoco es gratis.
¿En qué momento del año conviene hacer el cambio?
Lo natural es que la sociedad empiece a operar el 1 de enero, porque el Impuesto de Sociedades va por ejercicio y partir el año en dos mitades complica la contabilidad y el reparto de gastos sin aportar nada. Por eso lo habitual es constituir en noviembre o diciembre y arrancar con el año nuevo. Conviene entender, además, que esto no es una conversión: no existe un trámite que transforme a un autónomo en sociedad, sino que se constituye la sociedad y se le traspasa la actividad. Si vas a traspasar activos con valor real (maquinaria, cartera de clientes, existencias), pregunta antes por la aportación de rama de actividad: bien planteada permite acogerse al régimen de neutralidad fiscal y no tributar ahora por la plusvalía que aflora.
En definitiva, cuándo sale más rentable
Si tu beneficio anual se mueve por debajo de los 35.000€ y te lo llevas todo a casa, sigue siendo autónomo: la estructura te costaría más de lo que te ahorraría. Si superas de forma estable los 40.000-50.000 €, y sobre todo si reinviertes parte del beneficio, la sociedad empieza a ganar. Y si lo que te preocupa es el riesgo patrimonial, la entrada de un socio o poder vender algún día, el momento es ahora.
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